El último día nos levantamos bastante tarde para variar. Me clasifiqué primero en el concurso
recoja usted todo en su maleta que ésto se acaba, que tuvo como gran perdedor a Mr. Ayuso (para desesperación del resto).
Una vez más salimos tarde del albergue (luego nos preguntamos por qué los españoles tienen fama de vagos), con la intención de ver el máximo número de lugares que no habíamos visto los días anteriores (100% previsores xD).
Nuestra primera parada era el Madame Tussauds, del que salimos ampliamente satisfechos. A lo largo de sus 5 salas: fiesta de famosos, personajes de cine, politicos actuales/históricos (faltaba ZP), terror (no estaba la duquesa de Alba) y London spirit (echamos en falta a la Polo) pudimos disfrutar haciéndonos fotos con rostros conocidos de aspecto inverosímilmente humano. Por si fuera poco, la entrada incluía una proyección en el Planetarium que estuvo muy bien (yo todavía no había estado en ninguno).
A la salida nos dirigimos a la cercana Baker Street para ultimar la compra de recuerdos y luego nos acercamos en autobús a Hyde Park.
En el propio parque, disfrutamos de una
copiosa comida a base de restos de días anteriores (bolsas de patatas fritas, mejillones asquerosos, paté en dudoso estado, mucha nocilla y poco alimento).
Tras el
festín, decidimos andar para bajar el
atracón. Así que recorrimos las verdes extensiones que cubren este inabarcable parque, lleno de gente que corre, patina, monta en bici, a caballo, pasea o descansa del stress laboral (vimos a muchos ejecutivos).
Cuando salimos ya comenzaba a oscurecer y tomamos un nuevo autobús hacia el barrio de Notting Hill, donde nos esperaba David, el estudiante de Erasmus.
Descansamos tomando un café y luego subimos alguna cuesta para ver los fabulosos unifamiliares de este lujoso vecindario llevado al cine: de 4 y hasta 5 pisos, con sótano y algunas garaje; en las aceras sólo veíamos BMW, Mercedes, Mini y Porsche.
Cuando terminamos esta incursión, acudimos a un supermercado para terminar con las existencias de nuestros fondos comunes en comida para una última cena digna. Compramos pizzas, sandwitches, bebidas y alguna cosilla más.
Luego volvimos al Generator, donde permanecían nuestras maletas pese a que ya no teníamos reserva para aquella noche, y nos preparamos la cena.
Tranquilamente acabamos con casi todo (aunque a las cocineras se les fue un poco la mano con las pizzas) y nos dirigimos a la turbine, zona común del albergue, donde permanecimos hasta altas horas hablando entre nosotros y con algún desconocido (como el simpático Neocelandés que le tiró los trastos a Adelaida).
... así fueron pasando las horas con musiquilla de fondo, los guiris gritando como asnos (éstos no sabían lo que es hablar), Bea fornicando vete a saber dónde con su James y las conversaciones apagadas de los que quedábamos.
Se hicieron las 5 de la madrugada, Bea se despidió de su ligue, tomamos las maletas y nos abrigamos para dejar nuestro hogar durante 6 días.
Con rapidez, puesto que ahora si conocíamos el camino, tomamos un bus hasta Victoria. Lo llenamos con nuestras maletas y nos fuimos despidiendo con la mirada de la gran ciudad. Al bajar perdimos al sexto integrante de la tropa, que dió su email a Bea para que pudiésemos seguir en contacto.
A esas alturas íbamos con el tiempo un poco apretado y entramos a la estación donde supuestamente salían los buses National Express que nos transportarían al aeropuerto. Pero al llegar no había ninguna oficina y nadie sabía decirnos con claridad donde podíamos conseguir los billetes o de dónde salía nuestro transporte. David y Noelia fueron por las calles de alrededor a preguntar, y volvieron con el tiempo justo para alertarnos de que teníamos menos de 5 minutos para cruzar unas cuantas calles y pillar el último bus que nos dejaría a tiempo en el aeropuerto. De modo que todos nos pusimos a correr (yo el más desfavorecido porque mi maleta no tenía ruedas y la tenía que llevar por el asa) y llegamos justo a tiempo al objetivo. A Adela y a Noelia les estafaron 10 libras a cada una con los cambios.
En el interior del vehículo nos sentimos realmente agotados; nuestras furtivas cabezadas con la mirada clavada en el cristal que recortaba la ciudad alejándose se fueron transformando en un merecido sueño.
El despertar en Stansted fue aciago y frío: desechamos la comida que nos había sobrado para no llevar exceso de equipaje a la hora de facturar y luego llegamos con algo de susto al embarque.
Adelaida y Noelia se perdieron y llegaron cuando las puertas que conducían a nuestro Boeing ya se había abierto. Por suerte aún faltaba bastante para que despegase.
Así, unos minutos más tarde, sentado en el avión con Bea y David a mi izquierda y Adelaida y Noelia más atrás, recuerdo que termina nuestra aventura de 6 días en Londres. Espero repetir esta experiencia muy pronto.